I

 

LA EVOLUCIÓN DEL ARTE

 

The only thing that  does not change

is that everything changes

 

 

Si de algo podemos estar seguros es del constante y continuo cambio de todas las cosas.  El cambio puede ser en muchos sentidos; pero no necesariamente hacia una mejora o excelencia.  Es curioso notar que hasta la naturaleza en su evolución camina siempre hacia una mayor complejidad.  Como no podía ser menos, esta mudanza afecta naturalmente a las actividades culturales.  ¿Por qué en el caso de las Bellas Artes esta evolución parece seguir un camino inverso a la ciencia y a la técnica en las cuales lo que se persigue es mejorar? ¿Por qué este continuo declinar?

Nadie duda, dentro de la ciencia, el progreso evolutivo, la mejora, hasta conseguir los maravillosos resultados que estamos viendo en la física, en la astronomía, en la medicina, en la biología, en la informática, en las comunicaciones, etc. –desde Copérnico y Galileo hasta Einstein, pasando por Newton y Maxwell, todo ha sido una continuada marcha en la acumulación de conocimiento.  Podríamos resumir que, dentro de este proceso evolutivo, cada descubrimiento es consecuencia del anterior, sin rupturas, sin saltos en el vacío.  Y no digamos nada sobre el perfeccionamiento de la técnica en general: un televisor de hoy se ve indudablemente más claro que otro de mayor antigüedad.  Un coche de hoy corre más que otro de los años veinte.

En resumen, la realidad que contemplamos hoy es el incuestionable progreso de la ciencia y la tecnología con sus deslumbrantes aportaciones.

Pero ¿qué pasa con lo que llamamos arte? ¿Es que ha dejado de ser su principal finalidad la búsqueda de la emoción y la belleza?  Y aquí, por la especial perplejidad que nos provoca este fenómeno, me voy a referir a la ruptura que significaron las vanguardias, con atención especialmente a tres de las bellas artes: la escultura, la pintura y la música.

 

 

Rodin (1889) y Henry Moore (1938)

 

Ya sabemos que desde la antigüedad el arte ha pasado por muchas vicisitudes y altibajos. Alcanzada una cima en Grecia en el siglo de Pericles, desciende, después de milenios, a la oscuridad de la Edad Media para, trabajosa y lentamente, resurgir de nuevo en el esplendor del Renacimiento.

Hasta tiempos relativamente recientes, el arte en su evolución ha seguido, podríamos decir, las mismas pautas que la ciencia y la técnica, o sea, un cambio en ese mismo sentido ascendente y de perfeccionamiento. En el espacio de apenas dos centurias, desde los primitivos hasta el barroco, el avance en el caso concreto de la pintura ha sido espectacular.  El descubrimiento de la perspectiva, las técnicas del óleo, el sfumato, la veladura, el claroscuro etc. son adquisiciones evidentes.  No puedo dejar pasar sin aludir a los movimientos impresionistas en Francia en el siglo pasado.  Nadie duda de lo que han significado estos movimientos de renovación, de tentativa, de sorpresa, de tensión emotiva y de expresividad, y que pone de manifiesto que no sólo la habilidad y el buen hacer basta para que el resultado de lo que llamamos obra de arte nos proporcione emoción.  Todos nos hemos sentido conmovidos al contemplar un Cezanne o un Van Gogh.  Son las vanguardias del siglo XX donde la crisis del arte se agudiza, y en ellas me concentraré en lo que sigue. 

Introducción

I.  La evolución del arte  << 

II.  El rey desnudo

III.  Las causas

IV.  Los creadores

V.  La crítica

VI.  El mecenazgo

VII.  La Iglesia

VIII.  El Estado

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