IV

 

LOS CREADORES

 

Esperimentar siempre es bueno.

Lo que no siempre es bueno es el resultado.

¿Podemos llamar creador artístico

al inventor de cosas absurdas e inútiles?

 

 

Antes de seguir me gustaría hacer alusión a otros argumentos que, aparentemente, parecen apoyar a los teóricos.  Entre ellos: que todo artista pionero ha sido incomprendido por sus contemporáneos.  Se pone con frecuencia el ejemplo de Beethoven, un genio en su tiempo subestimado e incomprendido y que en cambio hoy es aclamado por las multitudes.

Esto no es exactamente así porque una de las premisas es falsa.  Beethoven tenía ya en su época numerosos y entusiastas seguidores; si el entusiasmo no fué general entonces era por falta de conocimiento y propagación de su música.  Lo mismo puede decirse de muchos pintores a partir del impresionismo. Es verdad que, después de un tiempo, acabamos aceptando lo que al principio nos parecía chocante, de la misma manera que nos acostumbramos a una bebida amarga. Esto no quiere decir que mucho de lo que se da por bueno sea definitivo.  El tiempo, que es una gran criba, se encargará de poner las cosas en su sitio.

Vuelvo a insistir en que las normas o la habilidad no son suficientes para que algo nos conmueva pero al menos le salva la virtud de haber realizado una obra bien hecha.  Por supuesto que preferimos ese algo hecho con torpeza, pero con ‘gracia’, con garra, con duende, a lo anodino o falto de expresión y caduco. Pero pocos llegan a alcanzar ese duende.

El empeño en aportar algo, aunque sea un pequeño ladrillo, para contribuir a la construcción de ese edificio de la cultura es la obsesión del artista de hoy.  De ahí la idea de que lo ya realizado no debe repetirse; de que debemos seguir siempre adelante en la búsqueda de nuevos caminos que nos lleven a la sorpresa de lo inédito.  Ni siquiera se dan cuenta de que uno de sus objetivos, que es provocar, tiene ya efecto alguno.  Ya no hay sorpresas.

 

 

Caravaggio (San Jerónimo, 1607) y David Smith (Círculo I, 1962)

 

 

En otro tiempo el objetivo de todo artista era la búsqueda de la armonía y de la belleza.  Hoy, en cambio, parece imperar lo grotesco, el feísmo y la invención de cosas nuevas aunque sean banales e intrascendentes.  Éstas son fácilmente estimadas como obras de arte por la dictadura de los marchantes.  Por encima de todo hay que ser un creador.  Nadie se resigna a ser considerado un epígono; todos tienen verdadero terror a ser solamente artesanos  –ésto sería estar fuera del ámbito de la cultura .

Creador, Cultura: dos palabras talismán.

Lo que resulta desconcertante es cómo ha sido posible esta universal aceptación.  Salvo excepciones, nadie ve el rey desnudo.  Cuando paseamos por cualquier ciudad y contemplamos esos productos que ¿embellecen? algunos rincones de calles, plazas o jardines, sustituyendo las antiguas estatuas, ¿no acabamos por añorar la naturaleza salvaje?  Lo más indignante es que estos ‘objetos’ están puestos ahí por nuestras cultas y sabias autoridades locales, las cuales, para cubrir los enormes gastos que eso supone, nos obligan, inexcusablemente, a contribuir con nuestros impuestos.

¡Ah!, pero es la Cultura.

Introducción

I.  La evolución del arte    

II.  El rey desnudo

III.  Las causas

IV.  Los creadores  <<<

V.  La crítica

VI.  El mecenazgo

VII.  La Iglesia

VIII.  El Estado

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